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EL PODER DE LA CRUZ

 


Descubre la cruz en la que Jesús, que era por la eternidad, se despojó a sí mismo hasta el punto de dejar de ser, para que nosotros, que no deberíamos ser, podamos disfrutar de la existencia que él ganó como trofeo para Dios (Isa. 53:11).

 

El sol ha resultado verdaderamente borrado del cielo de una cristiandad tal. Aunque la verdad de la cruz pueda no ser conscientemente rechazada o descreída, dejar de captar su significado resulta en una trágica pérdida, tanto como lo fue el rechazo de la cruz para los dirigentes judíos del tiempo de Cristo. 

La mente acepta el símbolo, mientras que el corazón desconoce la experiencia que encierra.

El amor meramente humano jamás habría sido capaz de concebir la sublime demostración del Calvario. La calidad del amor allí manifestado es desbordante, la perfecta negación del yo, infinitamente más allá de nuestro amor calculado, centrado en el yo, que tan a menudo nos traiciona. El corazón de todo hombre queda convicto de que un amor como ese sólo puede venir de Dios, y de que la hostilidad que asesinó a la Víctima es en esencia nuestra "enemistad contra Dios" (Rom. 8:7).Solo Dios es amor (ágape).

La copa que bebía es algo que ningún otro ser humano conoce todavía en su plenitud. De hecho, desde el principio, él es el único que realmente ha muerto. La plenitud del horror de la más absoluta desesperación que caracteriza a la segunda muerte, es lo que él "experimentó" en la plena conciencia de la realidad de su muerte eterna. Ni los clavos que atravesaron sus manos o sus pies, ni los azotes que sufrió le quitaron la vida. A duras penas debió sentir el dolor físico en la cruz. Tal fue la intensidad del sufrimiento de su alma, que le hizo sudar gotas de sangre en Getsemaní, y finalmente le quebrantó literalmente el corazón.

Las tinieblas velaron misericordiosamente su agonía cuando sus crucificadas manos no podían ya ocultar su rostro bañado en lágrimas de la mirada hiriente de aquella turba burlona. Sólo su voz quebrada pudo oírse en la negra oscuridad que envolvía el Calvario. ¡Cuán cruel puede ser el humano! ¡Y cuán misericordioso fue el Padre al rodear a su Hijo torturado en cortinas de tinieblas, mientras sufría así! A Cristo no le fue permitido sentir el abrazo de amor y fidelidad que el Padre anhelaba profundamente dar a su único Hijo, en la hora más amarga. Pero estaba allí, sufriendo con su Hijo, puesto que "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo" (2 Cor. 5:19). Pero Cristo tiene que sentir el horror del más desgarrador abandono, ha de pisar solo el lagar. Terriblemente solo.

Es el camino más espeluznante que uno puede recorrer. Cuando percibes que ni uno sólo presta atención, ni siquiera Dios, la desesperación destila su peor veneno mortal. Cristo es "la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo" (Juan 1:9) y sostiene a todo ser humano en sus horas más oscuras con un luminoso rayo de esperanza. El Espíritu Santo asegura a nuestra alma: '¡Alguien te presta atención!' Incluso si malgastaste tu vida como malhechor, como el ladrón de la cruz, puedes ver la esperanza en esos últimos momentos

Al aproximarse los momentos finales, se siente como uno que es lanzado de un cuerno a otro de animales salvajes: "Sálvame de la boca del león y líbrame de los cuernos de los toros salvajes" (Sal. 22:21). En esos últimos momentos desesperados, su fe irrumpe gloriosa, y atraviesa triunfante las tinieblas. Como Jacob luchando con el ángel en las tinieblas de la noche, Cristo se aferra al Padre –quien no puede abrazarlo– y se ase de él por la fe. –"¡Me has oído!" ¡Aunque el Padre lo haya abandonado, él no abandonará al Padre! Clama: "no te dejaré, hasta que no me bendigas". La fe de Cristo sale vencedora, hasta incluso de los horrores de la "muerte segunda".

Es por ello que el Padre no nos compele a que acudamos a él. Quiere que nos atraiga la belleza de su santidad; por lo tanto, vela todo cuanto pudiera forzar la elección. Oculta las glorias del cielo. Disimula las puertas de perla y las calles de oro. No revela el mar de vidrio. Aparta del oído humano la música de los coros celestiales. Confina al firmamento la señal del Hijo del hombre. Silencia las campanadas de las horas en el reloj de la eternidad. Camina sigilosamente a fin de que el ruido de sus pisadas al aproximarse, jamás pueda conquistar por el miedo los corazones que debieran ser ganados por el amor.

 


El amor es incompatible con el ejercicio de la omnipotencia. La ley inexorable puede determinar la órbita de las estrellas, pero las estrellas no son un objeto del amor. El hombre sí lo es; por lo tanto, puede ser gobernado sólo por el amor.

 

 

El cristianismo es bueno. Pero si el cristianismo pierde el principio de la cruz, ¿para que sirve? Sólo para aquello que le está sucediendo en tantos lugares en el mundo: No es objeto de execración, no se lo persigue ni se le opone violencia; tampoco se lo valora como el vital agente preservador que debiera ser; simplemente se lo ignora, se lo menosprecia, lo "arrojan fuera".


 

Tomado del Libro "DESCUBRIENDO LA CRUZ" de R.J Wieland... Si desea descargarlo vaya a la Zona de Recursos

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